Voto nulo y fetichismo electoral

Voto nulo y fetichismo electoral

Antes de adentrarnos en el impacto e importancia de no tomar a la ligera los votos nulos que se presenten durante las elecciones de 2018, es importante saber en qué recae este término.

Hablamos de que, al momento de elegir una opción partidista, simplemente no se marca ningún candidato.

Una boleta con voto nulo generalmente se tacha y se deja algún comentario en ella: esas boletas electorales notificadas no aportarán votos para ningún partido político, candidato, o coalición.

En consecuencia, el voto nulo puede ser el resultado de un acto plenamente consciente, un error no intencional o una infracción. Pero la consecuencia es la misma: la nulidad de un voto.

La nulidad de un voto implica nulificar el proceso de votación. Esto equivale a negar, de raíz, los procesos electorales como camino para el desarrollo pacífico y resolución de las diferencias políticas.

Nulificar un voto implica la más aguda y legítima actitud de resistencia e inconformidad de un votante que considera que no posee opciones, que no se ve reflejado y contemplado en el abanico de propuestas que soportan una campaña política.

Al margen de la institucionalización

El voto nulo es la antítesis de la democracia. Pero insisto, un acto legítimo, válido, de resistencia y manifestación de inconformidad. Una llamada de atención que no puede ser tomada a la ligera, desacreditada o minimizada.

Cada votante que procede a nulificar su voto, debería de generar una preocupación mayúscula. Habla de un ciudadano que decide ponerse al margen de la institucionalización electoral.

Lo que resulta sumamente preocupante es que las elecciones han caído en un fetichismo democrático. Esto significa que el sistema electoral es abiertamente obsoleto, no está diseñado para un ejercicio transparente de los recursos públicos.

Los procesos electorales son abierta y documentada mente desaseados.

Un escenario para la peor desacreditación cívica posible, un enjambre de intereses ajenos a la realidad del país, un ritual de poder y vacío que sólo permite la configuración de equipos de gobierno igualmente vacíos y anhelante de poder y capitalización a toda costa.

voto nulo

El circo de la alternancia

En México, el proceso electoral ha perdido casi completamente su entusiasmo entre la sociedad, más entre los jóvenes.

Ya han pasado políticos pertenecientes a todas las configuraciones ideológicas posibles, y el país se encuentra sumido en la peor crisis política, social, económica y de seguridad de su historia contemporánea.

En consecuencia: ¿qué sentido tiene el circo de alternancia en el poder cuando al término de cada sexenio nos enfrentamos a crisis similares de mega decadencia institucional? ¿Vale la pena seguirle apostando a los procesos electorales con la esperanza de que son el detonador de procesos de mejora institucional en México?.

Existe una evidente sobre valoración de los procesos electorales. A eso me refiero con “fetichismo” electoral, que no ha sido acompañada de proceso más exigentes, radicales, de rendimiento de cuentas para que efectivamente los ciudadanos tengamos el poder de sacar del poder por medios institucionales a pésimos equipos de gobierno en los tres niveles de la administración pública.

Si el proceso electoral sigue perpetuándose como el circo fallido de la simulación democrática en México, habremos perdido un soporte democrático real y el peligroso desencanto juvenil podrá transformarse no sólo en apatía, sino en la generación de una inconformidad violenta ante la evidente cerrazón del sistema político actual centrado en sí mismo y en la cíclica corrupción generalizada que nos ahoga como país.

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